martes, 11 de octubre de 2016
Así empieza lo malo. Javier MARÍAS
Probablemente nadie esté nunca hecho del todo, y todavía menos los jóvenes, y es normal que los mayores los veamos así, incompletos, indecisos, turbios, tanto como un cuadro inacabado o como una novela a medio escribir o leer-la diferencia no es grande-, en la que aún puede suceder cualquier cosa o no tanto-pero demasiadas-, puede morir un personaje u otro o puede no morir ninguno; y hasta alguno tal vez mate y entonces sí estará hecho del todo, o así aparecerá a los ojos del autor o del lector severos; lo que se relata en ella puede interesar sobremanera o en absoluto, nada, y entonces el paso de cada página se convierte en un suplicio del que el índice se cansa y ya no repite más el gesto, no espera a la última hoja tras la cual no hay más remedio, así quiera el dedo, por el contrario, seguir indefinidamente en ese mundo y con esa gente inventada. Lo mismo ocurre con las personas en su itinerario, hay vidas que no suscitan curiosidad y a las que asistir da enorme pereza, pese a estar llenas de vicisitudes, y hay otras que inexplicablemente hipnotizan, aunque nada muy llamativo parezca estar aconteciéndoles, o lo mejor nos quede oculto y sean sólo suposiciones.
Pero cada individuo cree estar hecho del todo en cada fase de su existencia y cree tener un determinado carácter sujeto sólo a variaciones menores, y se considera propenso a ciertas acciones e inmune a otras, cuando lo seguro es que de niños y jóvenes la mayoría no nos hemos sometido aún a pruebas, no nos hemos visto en encrucijadas ni tan siquiera en dilemas. Sí, tal vez nunca nos hagamos del todo, pero nos vamos configurando y fraguando sin darnos cuenta desde que se nos avista en el océano como un punto diminuto que se convertirá más tarde en un bulto al que habrá que esquivar o acercarse, y a medida que transcurren los años y nos envuelven los sucesos, a medida que tomamos o descartamos opciones o dejamos que se encarguen los demás por nosotros (o es el aire). Tanto da quién decida, todo es desagradablemente irreversible y en ese sentido acaba todo nivelándose: lo deliberado y lo involuntario, lo accidental y lo maquinado, lo impulsivo y lo premeditado, y a quién le importan al final los porqués, y aún menos los propósitos. sí empi
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